Además del grupo de campesinos mayores que
conformaban este hogar había un
hermosísimo pequeñito que con sus juegos,
sus gestos y natural ingenuidad propiciaba
felicidad a sus padres, cada una de sus
travesuras era festejada y compensada con
una caricia, pero una de las "hazañas" más
grandes fue el día que balbucéo sus
primeras palabras, sus padres no cabían de
emoción y en un impulso su madre lo toma
en sus brazos y le dice: "Tú eres mi más
grande alegría".
Otro observaba con detenimiento esta tierna
escena y más que los diálogos cotidianos
cuyo significado ya había aprendido, lo que
más le intrigaba era el intercambio de
afecto que cada uno compartía, para Otro
constituía un gran misterio una caricia, un
beso, no comprendía su significado y peor
aún su efecto.
En este grupo familiar habitaba una
agraciada joven cuya edad era similar a la
suya. Tenía unos hermosos ojos color miel,
un cabello largo que competía con unos muy
bien cuidados trigales de la pampa. Su
nombre era Alegría, conforme transcurría el
tiempo se acostumbró a su presencia y
natural ternura.
Una tarde inesperadamente este hogar fue
sorprendido por una tormenta, truenos,
agua a torrentes, Alegría estaba asustada
nunca antes habían sido presa de una
tempestad tan grande, o quizá se sentía
indefensa, al menor ruido se sobresaltaba,
estaba aterrada. Se sentía tan indefensa
con la sola compañía de Otro, éste lo
miraba con sorpresa sin explicarse el por
qué de tanto miedo.
Instintivamente como su silvestre vida, Otro
se aproximó a ella y con una indescriptible
ternura la tomó entre sus brazos
diciéndole ¡Tú eres mi más grande Alegría!
Ella se quedó atónita por este inexplicable
impulso y le retribuyó con un cálido beso.
Hoy ellos son una pareja de felices
enamorados.