Por Verónica Huacuja
A Gustavo y Alonso
Algunas mascotas tienen mucha suerte, pues sus amos las quieren profundamente. La Chachis, una monita araña, era muy afortunada, ya que además de contar con el gran cariño de Julio, su amo, un niño de 10 años, vivía en una de las colonias más lindas de la Ciudad de México: cerca del bosque de Chapultepec. Ella habitaba en un enorme oyamel, cuyo follaje daba sombra a la casona, y a buena parte del jardín.
Ese día, La Chachis despertó con cosquillas en el estómago: Algo raro sucederá –pensó-, pues cuando siento estas mariposas en mi pancita ocurren cosas muy extrañas...
Y así fue. Vean lo que le pasó a La Chachis.
La mañana transcurría como de costumbre, quizá un poco más calurosa. Chucho, el jardinero chimuelo, regaba las plantas y el dulce olor a tierra mojada subía por las ramas envolviendo a La Chachis.
Julio salió de la casa atravesando el jardín a toda prisa pues se le hacía tarde para llegar a la escuela. De lejos se despidió de su mascota.
Ahí va Julito a la escuela, pensó, con cariño, La Chachis mientras masticaba unas hojas de lechuga. La monita le hizo el guiño, que tanto le gustaba al niño respondiendo a su saludo. A su salida, antes de cerrar el portón tras de sí, Julio le recomendó al jardinero:
- Chucho, no vaya a mojar a La Chachis porque se nos puede resfriar.
El viejecito sonrió asintiendo y dirigió el chorro de agua al estanque de los lirios, lejos del árbol donde estaba el animalito.
Pasó parte de la mañana cuando, de pronto, se escucharon las risas de Nicolasa y Petra, que eran las muchachas del servicio, que ése día, tenían la instrucción de bañar a la monita araña.
- Hola –la saludó Petra, la más joven, volviendo su rostro a las alturas-. Ya te imaginarás pa´ que traemos esto, ¿verdá?
- Pues pa´ que quedes más bonita -intervino Nicolasa, la gordita-.
La Chachis vio que traían la tina con agua, jabón y cepillo, pero, oh, ¡habían olvidado la toalla! ¡Habráse visto, un baño de agua caliente sin toalla! Eso no estaba escrito en ningún manual de belleza! ¡Se iba a morir de frío! ¡Qué descuido!, así que hizo un mohín de malhumor.
Petra se acercó al pie del árbol para tomar la cadena que sujetaba a La Chachis y con delicadeza tiró de ella, invitándola a bajar. La monita accedió de mala gana. Le quitó el collar y la llevó de la mano hacia la tina, pero, ¡recórcholis!, la changuita aún contrariada por el olvido de la toalla se zafó de su mano y ágilmente trepó de nuevo al árbol. Sólo que esta vez lo hizo a la rama más alta, y ¡sin cadena! Sorprendidas la miraron, pues nunca antes se había escapado.
Una vez repuesta de la sorpresa, Petra la llamó con cariño: “Oye, Chachis, baja. Estamos listas para darte el baño que tanto te gusta...”
Nicolasa la secundaba: “Sí, Chachis, no seas ingrata. Hazle caso a Petra y baja. Hombre, si está tan rica el agua” -decía esto agitando el líquido y al hacerlo grandes pompas de jabón se elevaban por el aire.
Por su parte, la monita las veía desde las alturas y enfurruñada aún, pensaba: un baño sin toalla, ¡jamás! Y apartaba su mirada calculando la distancia que había entre la rama en donde estaba y el árbol de la acera de enfrente.
- ¡Qué carácter! -susurró al oído Petra a Nicolasa, pues creía que la changuita lo entendía todo, o bueno, casi todo, pues sabía que era muy lista-. Está de malas, creo que no nos va a hacer caso. Ay, manita, ora ¿qué le vamos a decir a la patrona cuando vuelva?, ¿y al niño Julito? ¡Se nos va a armar la gorda! Hay que llamar a los bomberos pa´ que nos ayuden a atraparla.
Nicolasa la miró muy seria y volviendo la mirada una y otra vez, desde las alturas en donde La Chachis se encontraba, a los ojos asustados de Petra, dijo: “Pos sí, Petrita, tienes razón, córrele a avisar a los bomberos.”
En cuestión de minutos se escuchó la sirena del camión de los tragahumo. La Chachis, desde la rama más alta, maravillada, los vio llegar: ¡eran tantos!, ¡y vestidos tan extrañamente! Observó que se bajaron apresurados y cómo, entre varios, recargaron una escalera en “su árbol”, firmemente dispuestos a subir por ella.
Allá ellos -pensó-, por lo pronto, me voy de paseo.
De un brinco llegó al árbol de la acera de enfrente. Y así, de rama en rama, se alejó veloz hacia el bosque de Chapultepec. Mientras, los bomberos, las muchachas y ahora Chucho, el jardinero, le gritaban “¡no, no te vayas!”
Inútil, La Chachis se alejaba feliz dando volteretas en el aire y las copas de los árboles.
Se encontró, de súbito, ¡a la entrada de Chapultepec!, que significa “cerro del chapulín”. El bosque guarda un gran valor histórico y artístico para México, esto La Chachis recordaba haberlo escuchado a Julio cuando estudiaba su clase de Historia, al pie de “su” oyamel.
La monita se asombró de ver justo en la reja de la entrada dos grandes leones sentados. Eran estatuas de bronce, tamaño natural. Se acercó con cautela a una de ellas.
Sin duda, son hermosos estos leones... Se parecen a Cucus, el perrito de Julio, con quien me llevo tan bien, eso sí, mucho más grandes... ¡Muy impresionantes! -concluyó pensativa, al distinguir una avenida que remataba en el Altar a la Patria, “un monumento que se construyó en honor a unos jóvenes cadetes que perdieron la vida por defender México”, según se leía en una placa. Lo malo, es que La Chachis no sabía leer, así que no le puso atención a esta inscripción, sólo se quedó admirando la belleza de la enorme escultura a la distancia.
En ésas estaba cuando escuchó el alboroto de ¿adivinen quién?, pues de las muchachas, Chucho y los bomberos. Trepó a un árbol cercano y columpiándose por sus ramas se volvió a alejar de sus perseguidores, sólo que esta vez no tanto como hubiera querido.
La Chachis, ya sedienta, escuchó un gorjeo de agua, y vio que provenía de una fuente de piedra. Era grandísima. En medio se levantaba la escultura de piedra de Nezahualcóyotl, el rey-poeta, cuyo nombre significa “zorro hambriento”. Eso lo escuchó de un señor que contaba a su hija la historia de la fuente. La monita, para calmar su sed, bebió el agua cristalina.
No había terminado el último sorbo cuando oyó de cerca el bullicio de sus perseguidores.
Diablos, por lo visto no tienen otra cosa que hacer -pensó al correr hacia la espesura del bosque-. Allí encontró una liana, la sijetó con fuerza -y olvidando su femenina forma de ser-,como Tarzán, se columpió tan alto que llegó al mismísimo Castillo de Chapultepec, el cual está en el cerro más elevado del bosque. Encontró a un grupo de turistas cuyo guía les explicaba:
-Mis queridos laidis y místers, verán ustedes, el Castillo de Chapultepec es una muy hermosa edificación que ha sido, a través del tiempo, centro ceremonial, punto estratégico militar, la casa de algunos presidentes de México y ahora, museo nacional...
Con precaución, para no ser vista, La Chachis se asomó por las ventanas de los aposentos finamente amueblados. Divisó la gran cama que fue de la emperatriz austriaca, Carlota Amalia.
Como estaba tan cansada decidió dormirse en ella... así que, se coló por la ventana, pero, ¡oh!, antes de recostarse en tan célebre lecho, algo le cayó encima, era el gabán del más joven de los bomberos, Nemesio, que sin que ella se diera cuenta la había estado siguiendo de cerca, adelantándose al grupo.
-¡La atrapé! ¡La atrapé! -exclamó feliz Nemesio envolviéndola en su capote. La monita, fatigada, quedó dormida en los brazos del joven.
Nemesio caminó cuesta abajo hasta encontrar, a medio camino, al resto del grupo que resoplaba al subir la cuesta del cerro.
Todos volvieron hacia la casa justo cuando Julio regresaba del colegio en el camión escolar. Extrañado, el niño vio al grupo, y a La Chachis dormidita en los brazos de Nemesio, quien se la entregó con sumo cuidado diciendo:
-Nos ha tocado perseguir a otras changuitas, pero ninguna tan difícil como la tuya.
Rieron.
Julio le puso delicadamente el collarín a la monita araña para no despertarla y la dejó reposar sobre el césped junto al oyamel. Corrió a la cocina, por una jarra de agua y vasos que llevó a los bomberos para agradecerles el final feliz de esa nueva aventura de La Chachis.