Una noche mientras leìa un libro de cuentos me quedé profundamente dormida. Desperté de golpe. Había tenido un sueño terrible. Soñé que me había transformado en una pequeña hormiga. Para mi asombro mi sueño se había hecho realidad. Miraba mis peluches, mis libros, mis juguetes, todos parecían monstruos gigantes. Aunque fue muy complicado llegué a la cocina. Allí estaban mis gigantescos padres. Tuve que tener mucho cuidado porque mi hermano me quería pisar. Para que no lograra aplastarme, me deslicé debajo de la heladera. Cuando ya no había nadie en la cocina salí de mi escondite, giré la cabeza hacia la derecha y vi que la puerta de la habitaciín de mi terrible hermano estaba abierta. Allì estaba mi sueño, descubrir qué había en esa enorme pieza, claro para mí. Traté de llegar hasta ese fantástico lugar y al fin lo logré. Allí había grandísimos pósters de chicas en mallas y algunas hasta desnudas. Nunca me habría imaginado que a mi hermano humano le gustaran esas cosas. Salí rápidamente de ese lugar que alguna vez me pareció fantástico. Estaba llegando a la heladera y sentí un molesto cosquilleo en la pancita: era la llegada del hambre. Suerte que estaba cerca de la heladera. Dentro de ella había tremendos panes con una cosa rosa larga y a veces tenían algo amarillo que era en verdad delicioso. Probé de todo, pero lo que màs me gustó fue una cosa grande y fría que los adultos le llamaban helado. Estaba dentro de un inmenso tarro. Justo cuando estaba por caer dentro de él mi madre me sacó y de tan buena suerte me tiró justo en mi habitación. Subí como pude a mi cama y me quedé dormida en mi almohadón de ositos dormilones. Cuando desperté pensando que seguía siendo hormiga miré mis cosas y me di cuenta de que ya volvía a ser Carolina, la misma niña de ocho años de siempre. Todo había sido un terrible sueño.
Soy una alumna de 6º grado de la Escuela Luis Piedrabuena de Leones provincia de Córdoba, (Argentina).
Creamos este cuento en las horas de Lengua e Informática.
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