La
misma parálisis hizo que varias personas le rodearan casi de inmediato,
preguntándole quién era y qué quería.
Otro,
no entendía nada, pero le reconfortaba poder oír aquellos
sonidos que no había escuchado jamás. Se dejó llevar
por la confianza y entró en la casa de unos campesinos que le ofrecieron
comida.
Otro
la aceptó de inmediato puesto que aquello olía mejor que
todas las cosas que había probado en la selva y pensó que
debería estar aún más rico.
Estuvo
varios semanas con ellos, hasta que se acostumbró a oír las
palabras que continuamente se intercambiaban las personas del lugar.
Poco
a poco, empezó a comprender algunas cosas que se repetían
a menudo: ¡Buenos días! ¿Cómo estás?
¿Has descansado bien?
¿Te
gusta la comida? ¿Cómo te llamas?