Por eso todas las noches, al irse a dormir les pedía a las hadas mágicas que les llevasen juguetes a los niños pobres.
Y así un anoche, y otra noche, y otra...
Y de repente una noche:
- Toc, toc, toc.
Se oyeron unos golpecitos en la ventana de la habitación de Paula. Y cuando abrió la ventana, la habitación se llenó de luz brillante... ¡era un hada!
- ¡Bieeeen!, gritaba Paula, ¡por fin veo un hada!
- ¡Calla, calla, no grites!, no pueden verme los mayores solo los niños buenos como tú, decía el hada intentando calmar a la emocionada niña.
- Hemos oído desde el País de las Hadas Mágicas que pedías un deseo y he venido ha hacerlo realidad. ¿Quieres venir conmigo?
- Por supuesto, dijo Paula llena de alegría.
La niña y el hada mágica es cogieron de la mano y salieron volando por la ventana y fueron recorriendo la ciudad desde el cielo. Fueron pasando por cada casa en la que vivía un niño que no tenía ningún juguete. Y el hada mágica echó unos polvitos mágicos con brillantina y ¡aparecieron juguetes!
Cuando ya habían acabado de repartir los presentes por todas las casas, volvieron a la habitación porque ya era muy tarde.
- Muchas gracias hada mágica.
- Muchas gracias a ti por ser una niña tan buena, sigue así.
Y el hada mágica se fue volando.
Paula estaba muy contenta porque se deseo se había hecho realidad y muy satisfecha de haber ayudado a quién lo necesitaba.
Y recordando su buena obra se quedó profundamente dormida.