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PAULA Y EL HADA MÁGICA

Esther Blanco Rodríguez. Enero 2008


Había una vez una niña pequeña que se llamaba Paula. Tenía el cabello rubio como los rayos del sol y los ojos azules como el cielo. Era una niña muy buena y muy obediente, su mamá nunca tenía que regañarla porque atendía en clase, recogía los juguetes, se comía toda la comida del plato... en fin, que era muy buena. Y vivía feliz en su casa con sus padres y su hermanito pequeño.

Pero había una cosa que a Paula le preocupaba mucho: los niños pobres que no tenían juguetes. Ella tenía muchos juguetes de diferentes tipos: grandes, pequeños, pelotas, muñecas y sabía que hay niños que no tienen ninguna, por eso se ponía triste. - ¡Pobrecitos!, pensaba Paula.

Por eso todas las noches, al irse a dormir les pedía a las hadas mágicas que les llevasen juguetes a los niños pobres. Y así un anoche, y otra noche, y otra...

Y de repente una noche:

- Toc, toc, toc.

Se oyeron unos golpecitos en la ventana de la habitación de Paula. Y cuando abrió la ventana, la habitación se llenó de luz brillante... ¡era un hada!

- ¡Bieeeen!, gritaba Paula, ¡por fin veo un hada!

- ¡Calla, calla, no grites!, no pueden verme los mayores solo los niños buenos como tú, decía el hada intentando calmar a la emocionada niña.

- Hemos oído desde el País de las Hadas Mágicas que pedías un deseo y he venido ha hacerlo realidad. ¿Quieres venir conmigo?

- Por supuesto, dijo Paula llena de alegría.

La niña y el hada mágica es cogieron de la mano y salieron volando por la ventana y fueron recorriendo la ciudad desde el cielo. Fueron pasando por cada casa en la que vivía un niño que no tenía ningún juguete. Y el hada mágica echó unos polvitos mágicos con brillantina y ¡aparecieron juguetes! Cuando ya habían acabado de repartir los presentes por todas las casas, volvieron a la habitación porque ya era muy tarde.

- Muchas gracias hada mágica.

- Muchas gracias a ti por ser una niña tan buena, sigue así.

Y el hada mágica se fue volando.

Paula estaba muy contenta porque se deseo se había hecho realidad y muy satisfecha de haber ayudado a quién lo necesitaba.

Y recordando su buena obra se quedó profundamente dormida.

Cuento original de Esther Blanco Rodríguez. Enero 2008.

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