Semilla
voladora
Cuando
Semilla abrió los ojos por primera vez, se encontró en un
ambiente cálido, oscuro, húmedo y confortable. Le había
despertado una molesta sensación que provenía de su interior,
como de angustia. Probó a calmarla tomando cosas de su alrededor
y comprobó que eso era lo que necesitaba. La molesta sensación,
no sólo desapareció sino que se convirtió poco a poco,
en un estado cada vez más placentero. Cuando todo volvió
a la calma, giró un poco la cabeza y continuó durmiendo.
A
partir de ese momento se despertaba con mayor frecuencia, y curioseaba
con insistencia todo aquello que le rodeaba; pero como el ambiente era
tan oscuro, tan sólo percibía distintas tonalidades con escasas
variaciones.
Poco
a poco comprobó que estaba como en una amplia estancia de paredes
sutiles y translúcidas. Más tarde, pudo adivinar a su través,
que había otras como ella, en lugares parecidos al suyo.
A
la vez que su visión de las cosas se hacía cada vez más
nítida, también la oscuridad fue haciéndose cada vez
menos espesa, con lo que pudo observar el aspecto que presentaban sus compañeras.
Parecían como redondeadas por la mitad y acabadas en una punta achatada
por los extremos. De uno de esos extremos, nacían de un mismo punto,
unos hilos largos que se separaban en línea recta en todas direcciones.
También tenían una división en vertical que iba desde
esa especie de penacho, hasta el extremo sin hilos. Fue un descubrimiento
que le hizo sentirse bien, porque pensaba que quizás se estuviera
viendo a sí misma a través de sus compañeras.
Con
el paso del tiempo, a Semilla le pareció que el sitio en el que
vivía era cada vez más reducido, cuando paseaba por la habitación,
disponía de menos espacio para moverse. También comprobó
que, en determinados momentos, la luz se hacía más intensa;
y llegó el instante en el que pudo distinguir con claridad, a las
tres o cuatro más próximas a ella.
Un
día, Semilla sintió los velos de la estancia pegados a su
cuerpo, y la incómoda presión de las vecinas que la rodeaban.
Al fin, ocurrió algo inesperado: una de las paredes, la más
consistente, comenzó a agrietarse y todo se inundó de una
luz cegadora. Cuando se repuso del susto y se le aclaró la vista,
se asomó a la rendija abierta...
Y
vio cosas que nunca hubiera podido imaginar: una multitud de cuerpos variados
en sus formas y colores, que emitían muchos y muy distintos sonidos
que no reconocía; y miles, miles de colores, que nunca había
percibido. También sintió por vez primera un cálido
abrazo de sol en su piel y un soplo de brisa en su penacho.
Tras
un largo rato de embeleso, volvió su cabeza hacia su lado derecho
y vio a otra compañera que también se encontraba conmocionada.
Se dirigió a ella y le preguntó sobre lo ocurrido. Esta le
indicó que había llegado la hora de salir a buscar su destino,
escrito en el viento. Semilla no entendió nada; aunque días
después lo comprendió todo en un breve instante.
Ahora
sabía por qué la luz aumentaba y decrecía en el interior
de su estancia. Concluyó que la causa era aquel disco brillante
y caluroso que se alzaba tras una mole de tierra y que se hundía
más tarde en otra mole de agua. Cuando esto ocurría, todo
quedaba en silencio y las cosas perdían sus colores; tras un momento
de crisis, aparecía otro disco más pequeño y menos
brillante, que no calentaba. Cuando salía el disco menor, otros
sonidos volvían a aparecer y las cosas se teñían todas
del mismo color luminoso y frío.
Todo
esto lo supo porque ahora pasaba su tiempo con la mitad de su cuerpo asomada
al exterior, pues ya no cabía del todo en su alcoba. Incluso algunas
veces, su penacho rozaba el de otras compañeras.
Un
día sintió miedo, pues casi todo su cuerpo pendía
de un hilo. Cuando miraba hacia abajo, le entraba una sensación
de temor. Parecía que había algo sólido a mucha distancia
y pensó que si caía, podría ser peligroso.
Aún
se asustó más cuando efectivamente vio cómo algunas
de sus compañeras se precipitaban al vacío. Al principio
fueron una o dos, pero al instante perdió la cuenta. De repente
y sin saber cómo, Semilla acabó por desprenderse: ¡Oh!
¿Qué es esto? ¡Voy a morir! -gritó-.
Empezó
una caída vertiginosa: todo le daba vueltas. Las cosas, los colores
y sonidos, junto con sus propias sensaciones, se mezclaban entre sí.
Ese momento se le hizo interminable, debido a la intensidad de las emociones,
aunque no duró más que un breve instante. Comenzó
a soplar una cálida brisa que puso en movimiento su penacho, frenándola.
Entonces, descubrió algo semejante al baile y a la música.
Ahora flotaba, subía y bajaba suavemente, se movía con un
ligero vaivén. Poco a poco, todo volvía a la normalidad.
Las cosas recuperaban sus colores, formas y sonidos, y ella podía
reconocerse por dentro y por fuera. Cuando se sintió segura, se
atrevió por fin a divisar el espectáculo.
...
¡Y qué cosas admiró! Reconoció en primer lugar
el sitio del que había partido. Le pareció bellísimo:
Un esponjoso y colorido tapiz de árboles de amplias ondulaciones.
Hilos de agua que se apresuraban por eludir los obstáculos con el
fin de acudir a una reunión familiar. Por todas partes, numerosas
y variadas especies de plantas y animales que se relacionaban entre sí
de forma muy diversa... ¡Sin duda estaba contemplando la vida¡
!Y ella era parte de ese mundo!
Cuando
miró a su alrededor, vio cómo otras compañeras flotaban
junto a ella con la misma cara de felicidad y de asombro ante tanta belleza.
Se sintió en ese momento dueña de todo aquello sin tener
que poseerlo. Estuvieron subiendo y bajando varios días y noches,
y pudieron disfrutar de la belleza en todas sus gamas de colores: desde
la luz del alba a la del cénit, de la luz de la canícula
a la vespertina, de la luz de la noche plateada a la de la noche profunda;
para volver de nuevo a reencontrarse con la aurora de un nuevo día.
Desde
que comenzó el viaje no pudo dormir, estaba llena de sensaciones,
pero no quería perderse ni un sólo detalle.
Desgraciadamente
para Semilla, su felicidad empezó a quebrarse cuando, esporádicamente,
miraba a las compañeras de viaje. Le pareció que cada vez
quedaban menos y sintió algo de intranquilidad por ello. Al principio,
pensó que como había tantas, las pérdidas eran difíciles
de comprobar; pero al tercer día los vacíos se hicieron tan
evidentes, que se podían contar sin equivocación las que
continuaban esa espléndida travesía.
Ahora,
comenzó a preocuparse por ella misma: ¿Qué le ocurriría?
¿Dónde estarían las otras? ¿Cuánto duraría
su viaje? ¿Qué destino tendría? Comprendió
de golpe lo que le dijo una compañera: "Nuestro destino está
escrito en el viento". Desde que empezó a flotar, la brisa había
estado soplando, y ella había subido y bajado a su compás.
Cuando el viento se calmara, ella caería, y entonces, conocería
su destino.
Bruscamente,
el viento cesó y Semilla cayó. De nuevo el vértigo,
de nuevo el miedo. El impacto fue tan brutal, que perdió su penacho.
Se sentía como desnuda sin él. Además estaba sola,
inválida, desvalida. No había compañeras, no había
refugio, no había posibilidad de volver a volar de nuevo. Y para
colmo de males, había caído en una de esas moles de tierra
en la que no se observaban más que piedras lisas. Se percató
entonces de que hacía días que no comía, aunque afortunadamente
no tenía hambre. De todas formas, aunque tuviera apetito, ya no
podría calmarlo. No estaba en esa estancia maravillosa en la que
tan sólo tenía que alargar la mano para alimentarse. Se preguntó
cuánto tiempo viviría sin comer; sin embargo, prefirió
no pensar de momento en ese asunto. Semilla cayó en un profundo
sueño letárgico que la mantuvo semiinconsciente durante varios
meses.

Allí
se encontraba Semilla, en lo alto de un risco abrupto y desapacible. Permaneció
largo tiempo en aquel lugar sintiendo los rigores de la intemperie, el
calor del día, el frío de la noche. De vez en vez, el viento
la hacía rodar; de cuando en cuando, el rocío y la lluvia
la mojaban. Aunque su situación era muy difícil, Semilla
parecía resistir las inclemencias del tiempo. Pero no sabía
cuánto tendría que esperar, ni cuánto podría
soportar.
Un
día, acertó a pasar por allí un rebaño de cabras
y Semilla fue devorada por una de ellas. En su boca, fue humedecida y masticada;
en sus entrañas, macerada y torturada. Pero Semilla resistía.
Tanto, tanto resistió, que fue a parar al depósito de los
desechos, hasta que al fin, fue expulsada al suelo del cobertizo donde
dormía el ganado.
El
joven pastor, como buen campesino, apartaba el estiércol de los
animales para abonar su tierra. Así fue cómo Semilla llegó
a formar parte del manto que servía para alimentar el huerto.
Cuando
Semilla recobró la consciencia, se encontró de nuevo en un
ambiente cálido, oscuro, húmedo y confortable. De nuevo le
había despertado una molesta sensación que provenía
de su interior, como de angustia. De nuevo probó a calmarla tomando
cosas de su alrededor, sabía que eso era lo que necesitaba, pero
esta vez no halló nada que tomar. Se dio cuenta de que no estaba
en la estancia que la vio nacer, aunque la ilusión de las sensaciones
quisiera engañarla. Por mucho que abría los ojos, no podía
ver nada, y por mucho que intentaba alimentarse no había nada que
la alimentara. Semilla no sabía ahora cómo calmar el hambre
que se había desatado en su interior con más fuerza que nunca.
Pero tenía que encontrar una solución: decidió que
si no había comida fuera, tendría que alimentarse de sí
misma. Esto empezó a funcionar; la angustia disminuía, aunque
no se apagaba del todo. Poco a poco, Semilla fue debilitándose hasta
el extremo de sentirse desfallecer. Pensó que ése era el
destino que le esperaba, que en eso consistía la vida, en salir
de un sitio, viajar y conocer cosas hermosas, para morir después.
¡Aunque todo había sido tan fugaz! Le hubiera gustado disponer
de tiempo para poder disfrutar de todas las cosas bellas que había
visto.
Durante
este tiempo, Semilla no se reconocía, se notaba mucho más
alta y delgada. Tuvo de nuevo la sensación de tener penacho tanto
por arriba como por abajo, pero pensó que eso no era posible. Semilla
no pudo más y expiró.

El
hijo del cabrero le pidió a su padre que le contara la historia
de ese gran roble que había en su huerto. Le respondió que
no la sabía, pero añadió que quizás el abuelo
la supiera.
Este
le contó que cuando era tan sólo un chiquillo, asomó
a su huerto un par de hojitas diminutas que no reconocía haber plantado
pero que por curiosidad, decidió dejarlas crecer. Con el tiempo
se transformó en un precioso y magnífico árbol.
"En
sus ramas anidan las aves; en su interior, algunos roedores. Otros animales
y plantas, vienen a visitarlo. A su abrigo descansan algas, setas y helechos.
Desde que vino, la tierra es más fértil, y su fruto alimenta
a gran parte del ganado. Bajo su copiosa sombra le pedí a la abuela
que compartiera su vida conmigo, y en torno a él hemos comido y
dormido numerosas tardes de verano toda la familia.
En
primavera, me siento en el portal a observar el baile de las semillas cuando
sopla el viento, viendo cómo se alejan. Y siempre tengo la sensación
de que ellas también me miran cuando se van".