Silver
metió la mano en un viejo arcón y cerró los ojos,
dejándose guiar por el azar. Al rebuscar entre los objetos se pinchó
con uno de ellos, haciéndose sangre en un dedo. Cuando sacó
la mano, se encontró con un colgante del que pendía un hermoso
caballo blanco con un cuerno en la frente: El "Unicornio".

Esta vez
le tocó un caballo. Un caballo con un cuerno. Desde luego que había
visto unicornios, en muchos lugares y en muchos sitios. Se preguntó
por qué este animal se ha difundido tanto. Pensó que tanto
Pegaso el caballo alado, como los Centauros, mitad hombres, mitad caballos,
ambos de la mitología Griega, tendrían que ver con el Unicornio.
Todos
compartían la naturaleza animal del caballo, pero cada uno de ellos
presenta una característica especial: uno tiene un cuerno en forma
de caracolillo; el otro, es alado; y el Centauro posee la mitad superior
humana.
Lo
blanco y alado y lo sobrenatural del cuerno, sugieren algo divino, y lo
divino casi siempre corresponde con un deseo de contener los impulsos humanos.
El caballo ha representado en más de una ocasión a las pasiones
humanas, y el bocado, al dominio de las mismas por la persona. Un jinete
que domina a su montura.
Cuentan
los mitos que Pegaso nació, junto con el guerrero Crisaor, del cadáver
de Medusa -muerta por Perseo con un golpe de su hoz-, al igual que Afrodita,
la diosa del Amor, que nace de la castración de Urano por la hoz
de Cronos.
Parece
que algunos deseos humanos, sobre todo los agresivos y sexuales, han sido
vividos por los hombres como salvajes y peligrosos. La urgencia de estos
deseos y su falta de control son como caballos desbocados que pueden arrollar
o herir a alguien, cuando no a sí mismos. Estos impulsos siguen
causando a los hombres más de una desgracia, de ahí que los
Unicornios continúen siendo tan atractivos.
Sin
embargo hay una tendencia a querer "purificarse", a quere controlarse,
por eso al caballo, que podría ser el representante del cuerpo con
toda la fuerza de las pasiones, hay que revestirlo de una cualidad especial,
el cuerno del Unicornio, o las alas de Pegaso, porque si no a lo más
que podríamos aspirar es a quedarnos en Centauros, sufriendo de
forma impotente los deseos no totalmente controlados, haciéndonos
sentir que no somos dueños de nuestra persona y con el añadido
de ser un monstruo.
Sin
darse cuenta, Silver estaba diciendo todo esto en viva voz, no estaba pensando
como él creía, sino que estaba hablando consigo mismo, sin
saber que su Padrino ya llevaba un buen rato escuchándole. Cuando
se percató de su presencia, quedó un momento en silencio,
y le preguntó si lo había oído todo desde el principio.
Su padrino le contestó: "Elige otro objeto para mañana".
Silver
se fijó esta vez en una cerámica en forma de escudo con tres
caras de mujer situadas en los vértices de un triángulo equilátero
y en cuyo centro reinaba una figura muy inquietante: un rostro femenino
cuya cabellera estaba formada por serpientes vivas y amenazantes. Su Padrino
le había colocado un sello en el que figuraba su nombre: La Gorgona
Medusa.
